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Fecundidad.
En el segundo quinquenio de los años 60', recién comienza
en el Ecuador un leve descenso de la fecundidad, el mismo que persiste
y se acentúa en los siguientes años. Desde 1950 hasta
1965, la fecundidad promedio se mantenía cercana a los 7
hijos por mujer. En el período 1995-2000, la tasa global
de fecundidad descendió a 3.3 hijos, operándose una
reducción de más de 3 hijos y del orden del 53%.
El
descenso de la fecundidad está asociado al hecho de que la
misma tiende a concentrarse en las mujeres jóvenes, con un
aporte mayor al número total de hijos por parte de mujeres
entre 20 y 34 años (68% entre 1995-2000). En el grupo de
mujeres mayores de 34 años es donde se han evidenciado los
más importantes descensos de la fecundidad. Por otra parte,
además de una estabilización en las tasas de fecundidad
en madres menores a los 20 años, el número absoluto
de nacimientos ha aumentado, debido al incremento en el número
de adolescentes, producto de las más altas tasas de fecundidad
en el pasado.
Existen
múltiples evidencias que señalan la existencia de
una estrecha relación entre menores niveles de desarrollo
- o situaciones de pobreza en general - y mayores tasas de crecimiento
de la población, producto principalmente de la elevada fecundidad.
En efecto, el comportamiento demográfico promedio del país,
oculta diferencias muy importantes, tanto entre áreas geográficas
como entre distintos sectores sociales de la población.
Con
relación a los contextos geográficos, el comportamiento
de los indicadores de la reproducción biológica obedece
a las especificidades socioeconómicas y culturales de cada
uno de ellos y no a una simple distinción taxativa de los
mismos. Esta heterogeneidad, en general, lleva consigo situaciones
de inequidad en términos de posibilidades de acceso a los
beneficios del desarrollo.
Se
identifican grupos de alta fecundidad que representan una proporción
muy importante de población, y que están ligados principalmente
a la residencia en áreas rurales, bajos niveles de instrucción,
grupo étnico y situación socioeconómica precaria,
con diferencias que llegan hasta cerca de 4 hijos. Según
la ENDEMAIN-2004, las mujeres que viven en áreas rurales,
aquellas sin instrucción, mujeres indígenas y las
del quintil económico más pobre, tienen en promedio
4 o más hijos, mientras que las que residen en ciudades tienen
3 hijos y las que han aprobado algún año de instrucción
superior o del quintil económico más rico, sólo
2 hijos. Estas evidencias dejan en claro que cualquier programa
de población tendiente a brindar servicios de atención
materno-infantil, o para afectar el nivel de fecundidad, tendría
necesariamente que extender sus servicios a sectores rurales y a
mujeres pobres, indígenas y de bajo nivel educativo.
Como
factores que han condicionado el descenso de la fecundidad en general,
se encuentran la concentración de la población en
centros urbanos, la expansión de la educación y la
ampliación de la cobertura de salud. Estos factores, sin
embargo, no han afectado a la fecundidad en forma directa, sino
a través de otras variables que a su vez inciden sobre ella.
Existe consenso en señalar que, entre los determinantes próximos
de la fecundidad, el más asociado en su descenso en el país
es el uso de anticonceptivos, determinante que es analizado a profundidad
en este informe.
Mortalidad.
Uno de los avances notables en América Latina y en nuestro
país ha sido la reducción de la mortalidad general,
que se ha traducido en un significativo aumento de la esperanza
de vida al nacer. Este indicador en el Ecuador se situaba en torno
a los 48 años en 1950-55; aumentó en promedio 2.6
años por cada cinco años transcurridos, con lo cual
llegó a 74 años estimado para el período 2000-2005.
La
mortalidad infantil ha bajado de manera importante en los últimos
30 años. La ENDEMAIN-2004 registra para el período
1999-2004 un nivel de 29 por mil nacidos vivos, 28 en el área
urbana y 32 en la rural, a pesar de que este nivel se ha estabilizado
en los últimos 10 años. Las estimaciones sugieren
así mismo que la mortalidad materna ha disminuido de aproximadamente
159 por cien mil nacidos vivos entre 1982-1994 a alrededor de 107
durante el período 1994-2004, significando alrededor de 300
muertes maternas cada año, tasa y número de defunciones
que a pesar de su reducción siguen siendo muy elevadas.
Los
logros anteriores no pueden, sin embargo, llevar a pensar que la
lucha contra la muerte está ganada. Cuando se observa lo
que sucede al interior del país, puede verse la existencia
de diferencias importantes en la mortalidad infantil y materna,
según grupo social y geográfico al que pertenecen.
Persisten altos niveles de riesgo de muerte en sectores pobres,
en hijos de mujeres indígenas y madres de bajo nivel de instrucción
o de malas condiciones económicas.
Al
igual que lo observado con la fecundidad, las estimaciones de mortalidad
infantil, muestran diferencias importantes. Los niños con
mayor riesgo de morir durante el primer año de vida se ubican
en las áreas rurales (32 por mil n.v.) y proceden de madres
indígenas (41 por mil n.v.), y analfabetas (48 por mil n.v.).
Los hijos de estas últimas tienen probabilidades de morir
que, en varios casos triplican las correspondientes a los hijos
de madres con estudios secundarios o superiores.
La
evolución de la mortalidad que se sitúa en la llamada
“transición demográfica”, forma parte
de lo que más recientemente se ha denominado "transición
epidemiológica", que no sólo alude a los cambios
de mortalidad por sexo y edad, sino también por causas de
muerte. La relativa reducción de las enfermedades infecciosas
y parasitarias ha sido uno de los elementos para esta evolución.
Como el control de las enfermedades se asocia con la reducción
de la mortalidad en la infancia y la niñez, en la estructura
de defunciones por causa, cobran cada vez más importancia
las enfermedades crónicas de la edad adulta, y también
las relacionadas con la violencia, las cuales están contribuyendo
con mayor peso a la disminución de los años de vida
productiva de los adultos.
Distribución
espacial y urbanización. En el proceso de
distribución de la población ecuatoriana existe una
combinación de tendencias concentradoras con una ampliación
de los horizontes de ocupación territorial. Si bien se advierte
que sólo tres provincias (Guayas, Pichincha y Manabí)
concentran más de la mitad (55%) de la población nacional,
esto no ha impedido la apertura de áreas despobladas hacia
las cuales se han ido desplegando un creciente número de
efectivos demográficos, tan es así que la región
Amazónica, con el 48% del territorio nacional, multiplicó
en nueve veces su número de habitantes entre 1950 y el 2000.
Uno
de los rasgos socio-demográficos distintivos del país
es su relativamente elevado ritmo de urbanización. En 1950
sólo 28 de cada 100 ecuatorianos residían en centros
urbanos; hacia el 2001, en cambio, el 61 por ciento de la población
fue clasificada como urbana. Si bien el grado de urbanización
se ha ido acentuando con el transcurso del tiempo, el ritmo de aumento
de esa proporción ha sufrido alteraciones. Presentó
una importante aceleración hasta 1960, perdió bríos
hacia 1970, cuando se hizo manifiesta la tendencia hacia una reducción
de la fecundidad, cuyos primeros síntomas e intensidades
se presentaron justamente dentro de los contextos urbanos. En todo
caso, dado el ya elevado porcentaje urbano de la población,
no debiera asombrar que la tasa de urbanización se muestre
declinante en las dos últimas décadas del siglo pasado.
Si
el aumento en el porcentaje urbano de la población ha sido
notable, las cifras absolutas parecerían ser aún más
impresionantes. En efecto, el número de habitantes urbanos
aumentó de 956 mil en 1950 a 7.5 millones en el 2001, 8 veces
la cifra inicial. Entre 1970 y 1980 el 69 por ciento del incremento
de la población ecuatoriana fue "absorbido" por
el área urbana; entre 1980 y 2001 la absorción llegó
ya al 84 por ciento.
Una
perspectiva diferente, aunque complementaria, se obtiene cuando
se observa lo ocurrido con la población rural. No obstante
que, en general, ésta ha presentado tasas de crecimiento
natural superiores a las de su contraparte urbana, el impacto erosivo
ocasionado por la migración neta y la re-clasificación
de localidades (nuevas cantonizaciones) ha minado severamente su
potencial demográfico. |